Motivada por lo que parecía un destino paradisíaco, bastó con pisar Gili para que se convirtiera en un verdadero infierno.
Porque amo la naturaleza, siempre trato de hacer paseos, y en Chile hay mucho por conocer. Por María Jesús Ossa.
Me atreví a bajar en bici por el camino más peligroso del mundo, con sólo 3 metros en algunos lugares y pendientes pronunciadas.
Hace algo más de un año atrás, viendo el programa «Paraísos Vírgenes» playas paradisíacas aparecieron en la pantalla: las islas Maldivas.
Hace casi 20 años viví en Brasil, así que nunca lo consideré para mis vacaciones. Eso hasta que Ilhabela se cruzó en mi camino.
La oferta de andar a camello en se puso mucho más interesante cuando nos ofrecieron dormir a la intemperie en pleno desierto.
Íbamos a recorrer el Parque Nacional Conguillío. Pero los GPS no funcionaron y terminamos perdidos durante ocho duras horas.
Quería sentir la infinitud de este lugar y ver mi sueño reflejado en mi paseo por las nubes del Altiplano.
Cumplí mi sueño de recorrer la selva peruana navegando por los ríos Marañón y Ucayali, alrededor de Pacaya Samiria.
Como están en peligro de extinción y sólo quedan unos pocos en zoológicos, ver koalas era lo que más quería hacer en mi viaje por Australia.
Mi familia está repartida por el mundo, así que cuando una prima decidió casarse, juramos ir donde hiciera su matrimonio.
Mientras el sol se escondía, se oía la rica música de una banda de steel y yo me convencía de que este lugar del mundo tiene todo el derecho a autodenominarse “la isla feliz”.