Mi gran sueño viajero: un año por el mundo

 

Hay veces en que la vida te pone cara a cara con la posibilidad de elegir en grande o seguir la inercia que la rutina suele imponerte cuando no levantas la vista. Yo opté por lo primero.

 

Estación de trenes en Inglaterra

Estación de trenes en Inglaterra

Venía saliendo del auditorio donde segundos antes acababa de aprobar mi examen de grado de Derecho. Los últimos meses preparando esta prueba y la decisión de no dedicarme a ser abogado (pese al esfuerzo que estaba haciendo), eran un golpe duro a esos años de largas jornadas de dedicación y estudio. No había vuelta atrás, la decisión ya la había tomado. Me iba.

El sueño

Meses antes, un día cualquiera, me acerqué a la Fran (mi actual señora) y con la voz culposa le pregunté: “¿Te quieres ir conmigo a viajar un año por el mundo?”.

Era una locura, una ilusión; ella pensó que era una broma. Unos segundos pasaron antes que ella dejara de esbozar una sonrisa cayendo en razón de que esto no se trataba de un juego. Mi cara se mantenía seria y los ojos me brillaban de pasión. De pronto me preguntó: “¿Me estás hablando en serio?”.

Algo me decía que bastaba con que ella me dijera que estaba dispuesta a irse conmigo para encontrar la manera de dejar todo y salir a recorrer los rincones más impresionantes del mundo y su geografía. Cuando el fuego de verdad te lleva a cumplir sueños viajeros, no hay nada que lo detenga.

– ¿Y de dónde vamos a sacar la plata? –me preguntó la Fran.

Sevilla, España

Con la Fran viajando por el mundo

– Llevo meses trabajando para juntar lo que nos costarán los pasajes –le contesté.

– ¿Y cuando eso se nos acabe?

– Buscaremos la manera, trabajaremos en la ruta, alojaremos donde conocidos… te juro que encontraremos la forma.

La Fran estaba ahora más seria que nunca. Esa decisión que yo ya había tomado mientras estudiaba tomaba cuerpo también para ella y se transformaba en una de esas grandes encrucijadas que pueden cambiarte la vida para siempre.

Fue un día cualquiera que quedaría en la historia de nuestras vidas. No sólo porque el viaje era definitivo, sino que además mi mujer se convertiría en mi compañera de viajes. Un verdadero hito en nuestra relación.

Hubo muchos más “peros”, muchas más dudas, muchos más miedos. Pero ya estábamos juntos embarcados en nuestro gran sueño viajero, esa aventura que ya no conocía la vuelta atrás.

El día del examen

Un año por el mundo

Capadocia, Turquía.

Cuando esos profesores me escrutaban frente a una gran audiencia que olía a sangre mientras yo intentaba sobrevivir a una de las pruebas más estresantes y duras que una persona puede pasar, mi mente ya estaba en los templos de Bali, en los campos de Inglaterra, en los llamados a rezo musulmanes y en la comida thai. Mi viaje ya había empezado mucho antes de esa prueba, mucho antes de poner un pie en el aeropuerto, muchos años antes cuando, por primera vez, me imaginé descubriendo el mundo.

De repente escuché esas palabras que no voy a olvidar: “¡Felicitaciones, colega!”. Pero para mí sonaron más bien a un “¡buen viaje, Carlos!”.

Tomé conciencia de que la corbata me aprisionaba el cuello; se cerraba una etapa. El mapa tapizaba mis pasos y yo ya iba rumbo a mis sueños. Sin asimilar aún el hecho, sonreí y salí de ese auditorio.

Un sueño cumplido

Cuando el avión despegó con rumbo a Lisboa, con la Fran nos miramos, nos abrazamos y, en silencio y pese a todas las dudas y miedos, empezamos a llorar de felicidad.

“Así es como se siente cumplir un sueño, así es como se siente la felicidad”, me dijo. La mejor aventura de nuestras vidas comenzaba.

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