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La magia de Tikal

 

Son las pirámides más conocidas de Guatemala, las más visitadas y –por qué no decirlo- sus entradas son las más caras. Pero llegar hasta el norte de este país centroamericano e internarse en la selva para recorrerlas es algo que vale la pena y que todo viajero debiera hacer algún día, porque de seguro entregará más de una experiencia.

 

Eran las 10 de la mañana y recién venía llegando a Flores, el lugar donde la mayoría de los turistas aloja para vivir la experiencia de Tikal. Después de haber pasado la noche en un bus desde Ciudad de Guatemala, y de paso cambiarnos a otro porque el primero se quedó en pana, llegar al hostal en Flores fue el máximo relajo. Pero la tranquilidad me duró medio segundo, porque tenía que buscar rápidamente la manera de llegar a Tikal. Y así fue como dejé mi maleta, armé mi pequeña mochila y compré los boletos de la furgoneta que me permitiría llegar a esta ciudadela maya.

Al medio día ya iba camino a este lugar junto a otros turistas. Era la única latina dentro del furgón y hasta el conductor me hablaba en inglés, porque no sabía que era chilena. No importa. Llevaba dos semanas de viaje recorriendo varios lugares y el inglés se había transformado casi en mi lengua nativa. O eso creía.

Durante el camino el calor se fue haciendo insoportable y yo tenía mi botella de agua reservada para el trayecto. Ese calor anticipaba lo que iba a ser estar dentro de la misma selva, pero la emoción me inundaba más.

Pirámide en Tikal, Guatemala

Viajar sola me permitió recorrer Tikal a mi tiempo

Ya en Tikal

Estaba haciendo este viaje sola y, aunque siempre conocía a distintas personas en el camino, esta vez no conocí a nadie, así que recorrí las ruinas de manera independiente. Eso me permitió observar mejor, estar más atenta a los detalles y disfrutar a mi tiempo de lo que Tikal me entregaba.

Recorrí la selva y los caminos que me llevaban de un templo a otro, disfrutando de los sonidos los árboles. De pronto miré hacia arriba y vi cómo los monos arañas saltaban de una rama a otra, hasta que en un punto me tuve que mover porque quebraron una y casi me pegan en la cabeza.

Seguí caminando hasta llegar al Templo IV. Subir los casi 250 escalones para alcanzar la cima del también llamado Templo de la Serpiente es algo de lo que no me arrepiento. A pesar de llegar completamente sudada y casi sin aliento, la vista que se tiene desde ahí es impresionante. Las frondosas copas de los árboles y las cimas de algunas otras pirámides es lo único que se puede ver sentado allí arriba. No escuché más que el sonido de los pájaros y el viento, además de uno que otro murmullo de los turistas que llegaron hasta ese lugar junto a mí.

Templo IV, Tikal, Guatemala

En la cima del Templo IV

A mi lado había una pareja que estaba pronta a casarse, ambos guatemaltecos de Antigua. Al igual que yo, disfrutaban del paisaje que Tikal nos entregaba, pero se asombraron cuando les conté que estaba viajando sola. “No puedo creer que estés sola, me parece increíble y una experiencia maravillosa”, me dijo el novio; y sí, lo era (y lo es), porque para mí eso se convirtió en la mejor decisión que he tomado por años. “Me hubiese encantado haber hecho algo así, te encuentro una inspiración”, me decía ella, mientras que su futuro marido añadió: “Es algo que le vamos a contar a nuestros hijos, que nos encontramos con una chilena viajando sola y que es muy feliz”. Ahí entendí realmente que no solo era un ser humano caminante, sino que me había convertido en protagonista de la historia que algún día les contarán a sus hijos.

El ritual

Después de despedirme de esta pareja, y ya tomando rumbo de vuelta a la entrada, me quedé observando un ritual maya que había frente al Templo del Gran Jaguar. Una verdadera suerte ver esto, porque según me contaban los guardias no era algo de todos los días, sino de “una vez a la nada”, ¡si hasta ellos grababan! No entendía nada de lo que el maya recitaba, pero por sus movimientos hacia las mujeres mayas que estaban ahí con sus hijos supe que era algo relacionado a la familia. Otro guardia así me lo confirmó: “Está haciendo un ritual de protección a la familia, tienes mucha suerte de estar viéndolo”. Así me sentí, suertuda. Me quedé mirando y escuchando hasta que acabó, realmente eran mayas y no actores que buscaban dinero o algo así, porque no pidieron nada, solo le pedían a su tierra toda esta protección y nosotros ahí, incultos, como turistas entorpeciendo con las fotos.

Pero después de todo esto salí renovada. No sé si fue sugestión mía o no, pero la energía del lugar es fuerte y, a pesar de haber caminado horas y subido cientos de escaleras, salí más descansada de lo que entré.

Ceremonia maya en Tikal, Guatemala

Ceremonia maya

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Lugar:

Guatemala

Intereses:

a Arquitectura Historia

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